
Ana María Shúa
Escritora
Lo obvio es, en primer lugar, la comparación. El Centenario versus lo que podemos esperar para el 2010. Los famososfestejos del Centenario recaen con todo su peso sobre nuestra nostálgica argentinidad. Lo obvio, lo argentino, esel tango, es decir, el lamento, la conciencia del tiempo perdido, la idealización del pasado. Edad de oro, ille temporeen que Argentina era el granero del mundo, rivalizaba con Estados Unidos en cuanto su influencia internacional,trabajadores de todas partes inmigraban hacia esta meca del bienestar y la bonanza, que era nada menos que laquinta economía mundial.Y sin embargo, entre tanta exhibición de riqueza, en ese clima de triunfo y derroche, y sobre todo en medio de esacasi ilimitada confianza en el futuro, en Argentina se incubaban los virus que pronto se convertirían en enfermedad.Buenos Aires empezaba a ser ya lo que André Malraux llamaría unos años después la capital de un imperioinexistente. El fraude, la corrupción, la decisión profundamente equivocada de optar por una economía pastoril, elelitismo de las clases dominantes, todo estaba allí, presente, latente.A continuación, el deterioro de los términos de intercambio. A continuación, la crisis del ’30. A continuación, apenasveinte años después, la primera y después tan repetida interrupción democrática, la revolución de Uriburu queinauguraba lo que hoy llamamos la Década Infame.Dentro de dos años el país cumplirá sus primeros jóvenes doscientos años. Y a pesar de esa juventud, ha sufridoya lo suficiente como para que todo sea más dudoso, menos festivo, más cínico, más experimentado. Dosguerras mundiales y una actualidad pantanosa nos reubican frente a la realidad de un mundo siempre inesperado.Los argentinos miramos el futuro con duro escepticismo: para bien y para mal ya no somos aquellosprovincianos que se fascinaban con la presencia de la Infanta de España. Sabemos que el mundo entero es unimprevisible tembladeral.Aprendimos a fuerza de golpes. Ahora sabemos que, con todos sus defectos, la democracia es el mejor de los sistemasposibles. No somos la quinta economía mundial sino, en volumen, la número treinta. Pero ahora tenemosconciencia de que la calidad de vida de nuestros ciudadanos es más importante que el volumen de la economía. Yen términos de calidad de vida, nuestro país sigue estando en primer lugar en América Latina. (Según datos de unapublicación tan poco pro argentina como la revista internacional The Economist).Por supuesto, los argentinos estamos profundamente disconformes. Y eso es bueno. Queremos más y mejor. Que el Bicentenario nos encuentre en la tarea de lograrlo.
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